Dharamsala, residencia del Dalai Lama

Dharamsala, los himalayas, majestuosos, se divisan al fondo de este pueblo recóndito escondido entre cedros. El naranja es el color predominante, el naranja de sus puestas de sol pero sobretodo el de las túnicas de los monjes que colorean las calles. Y es que sin querer hemos pasado de la capital musulmana de la India (Cashmir) a la Budista, haciéndose palpable el crisol de religiones que es este país.

El budismo es una de las doctrinas filosóficas más extendidas en el mundo

y eso se percibe en estas calles. Gente de todo el globo se mezcla para convertir Dharamsala y más en concreto el barrio de McLeod Ganj en una capital internacional. Monjes orientales, occidentales, turistas espirituales, australianos, algunos europeos y indios, muchos indios hindúes que se fotografían posando sin cesar delante de los símbolos budistas; acogiendo a esta religión que hace 2600 años nació en su país para extenderse por toda Asia. Un bullicio de culturas que acuden aquí para impregnarse de la peculiaridad del lugar y de la influencia de su habitante más ilustre, el honorable, XIV Dalai Lama. La ciudad no para de crecer, con una actividad constructora vertiginosa el peso de la cual lo llevan las mujeres indias cargando cemento y arena sobre sus cabezas.

Cabe hacer aquí un pequeño inciso en la historia de este lugar y un homenaje a estos guerreros pacíficos que son el pueblo tibetano.

Alrededor de 150 000 Tibetanos han huido del Tíbet  a lo largo de los últimos 60 años para escapar de las persecuciones religiosas y políticas ligadas a la ocupación china del Tíbet el año 1951. Cuando el decimocuarto dalai lama, Tenzin Gyatso, abandona el Tíbet, el Primer ministro indio Jawaharlal Nehru le autoriza junto con sus acompañantes y seguidores, establecer un Gobierno tibetano en el exilio en Dharamsala en 1960. A continuación, varios millares de refugiados tibetanos se establecieron en la ciudad. La mayor parte de ellos residen en la parte alta de Dharamsala (McLeod Ganj), donde han establecido monasterios, templos y escuelas conservando y divulgando cuidadosamente su cultura. La ciudad es en ocasiones llamada « La pequeña Lhasa », en referencia a la capital tibetana. Todos los años, cerca de 3000 Tibetanos huyen durante alrededor de un mes, en invierno, a través de las montañas del Himalaya para llegar ya sea a Nepal o a Sikkim.

Haría falta una vida entera, o varias, para entender en profundidad su cultura y su religión, el Budismo tántrico tibetano de la tradición Vashrayana. Pero con las bases ideológicas que ya teníamos y la inmersión que hemos hecho estos diez días en sus delicados museos de historia y artes. Me apunté a unas enseñanzas que se daban durante seis días por la tarde en el aula de filosofía de la biblioteca Tibetana. Las clases eran gratuitas y acudían a ellas algunos monjes, una multitud de jóvenes estudiantes tibetanos, cinco occidentales y yo.

El maestro, un monje tibetano anciano con un peculiar sentido del humor nos habló sobre unos «tantras» (textos sagrados) muy importantes del siglo XI llamados: «Los siete puntos del entrenamiento de la mente».

Según el budismo tibetano para alcanzar la Bodichitta, la mente o espíritu despierto, es necesario un entrenamiento mental que requiere el estudio de los textos, la contemplación de la realidad y la puesta en práctica de conceptos. La impermanencia, la aceptación y la preparación para la muerte, la interdependencia de todos los fenómenos, la ley del karma y el samsara, el ciclo de nacimiento,vida,muerte y renacimiento (reencarnación según los hindúes).

Sin duda esas clases fueron un buen entrenamiento mental y añado a mi diccionario de ideas una nueva palabra: KALACHAKRA. Este concepto se explica en los escritos «Kalachackra tantras» que giran alrededor del concepto del tiempo(kala) y los ciclos (chackras). Des de los ciclos de los planetas hasta los ciclos de la respiración y enseñan a trabajar con la energía sutil del cuerpo. Con el fin de llegar a la iluminación y posterior cese de la rueda del samsara. Una teoría amplísima que se puede resumir en una frase «Así como es afuera también lo es dentro».

Kalachackra se refiere también a una deidad tántrica que preside el templo del Dalai en Dharamsala y representa a Buda y por ende a la omnisciencia. Kalachakra es tiempo y, como todo está bajo la influencia del tiempo, Kalachakra lo conoce todo. Por otro lado, su consorte Kali-chakra está consciente de todo aquello que es infinito, no constringido o fuera del reino del tiempo. Están unidos en la postura Yab-yum, la temporalidad y la atemporalidad en conjunción. De manera similar, la rueda no posee ni principio ni fin.

dalai lama
Mandala de Kalachakra

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