Yoga en el país de las 17.000 islas

Indonesia se presenta ante mis ojos como el paraíso en la tierra. 17.ooo islas de clima tropical, paisajes marinos de iconmesurable belleza, crisol de culturas, religiones y yoga.

Un país que en su 88% es islámico, pero que guarda vestigios y islas enteras de su pasado hinduista, budista y cristiano.

Durante los dos meses y medio que estubimos en el país, recorrimos 3 islas, 3 culturas y 3 realidades totalmente distintas. Es impresionante ver como de una isla a otra parece que cambies de país, y casi diría de mundo.

Entré (esta vez viajaba sola) por la puerta grande, por la más concurrida y conocida, Bali.

Bali

Una isla que conserva una religión y una cultura única en el mundo, el hinduismo balinés.  Debido a una revolución islámica en el s.XVI en Java, Bali se convirtió en refugio de toda la clase alta de governantes,  sacerdotes y artistas hinduistas, que huyendo de esta revelión, establecieron en la isla sus cultos y tradiciones.

A mi, Bali, también me sirvió de refugio. Aterrizaba del caos y la intensidad de Bangkog, para refugiarme diez dias en mi silencio, en mi interior, en mi primer retiro de meditación Vipassana, un tema del que os hablaré en otro artículo.

Conecté con Bali des de el silencio, des de su paisaje, su naturaleza salvaje, sus ruidos, sus animales, su comida, sus noches de estrellas, su paisaje volcánico. Pero al salir del retiro choqué con una realidad feroz. Ese pasado hinduista, místico, lleno de arte y belleza había atraido a miles de turistas que hacían colas para ver como si de un espectáulo se tratara, las expresiones más refinadas de su cultura milenaria.

Después de este primer golpe de realidad, me llevé un segundo. Tenía muchas ganas de practicar yoga (que esta prohibido durante el retiro vipassana) y empezé mi búsqueda de maestros, centros etc.

Vipassana

Para mi sorpresa no me encontré centros, sino mansiones, castillos, auténticos palacios del yoga. Es el caso de «The Yoga Burn», un conjunto de construcciones impresionantes hechas de bambú, con 15 propuestas diarias de distintos  yogas, con profesores que parecían más bien modelos o atletas! uau!! Aquí si que la sofisticación del yoga ha llegado muuuy lejos. Los vecinos autralianos, más todos los «expats» americanos, se han encargado de ofrecer una oferta supermegaguai a todos los miles turistas que pasan por esta isla mágica. Me entró un poco de hurticaria y solo visité el centro para maravillarme de su arquitecturas, comer en su cafetería carísima y veganísima y decidí seguir mi camino, en busca de algo más íntimo.

En el recorrido encontré otra «sorpresa». Una «Yoga shop». Si si , como lo lees. Ni sabia que existía eso, ni en las calles mas «cools» de San Francisco había encontrado algo así. Entré para ver de que se trataba aquello y resultó ser una tienda de artilugios para hacer yoga (  diez años haciendo yoga y no sabía que se necesitavan tantas cosas) y ropa a conjunto de lycra con dibujitos del om. Salí triste  y decepcionada de que el capitalismo hubiera llegado a ese rincón del alma y a este rincón del mundo. Llegué al hostal y me puse a practicar vipassana, buscando de nuevo el silencio que me habían robado en esa tienda.

El día siguiente decidí transformar esta emoción, darle la vuelta y mirar des de otro punto de vista y fuí a probar el yoga aéreo a otro estudio más sencillo, pero igual de «guai».  Colgada del revés, todo me parecía más normal. Fue una experiencia divertida, eso si, con reserva anticipada.

Lombok

Bali dejó de fascinarme, y nos dirijimos hacia rutas más salvajes. Lombok, Komodo, Flores… a medida que nos íbamos alejandonos de los centros turísticos, el yoga tambien iba desapareciendo, revelándose claramente que el fenómeno turístico va íntimamente relacionado con el «yoga bussines».  En Flores casi parecía no haber llegado ni siquiera el hombre blanco, pues recorriendo la única carretera que cruzaba la isla, iban saliendo niños para saludarnos con un Hello Mister! Una isla de belleza, aquí si, en estado puro. En la capital me pareció vislumbrar algun estudio de yoga.. pero, por suerte, vi mas ratones corriendo por debajo de las sillas de un restaurante, que centros de yoga.

Buscando la comodidad y el relax, nos quedamos una semana aislados en las islas Gilis, entre Bali y Lombok, islitas que solo puedes recorrer a pie o en burro, nadar con tortugas o beber Bintang, la cerveza nacional. Concurridas también de turismo, descubrí algun estudio de yoga abierto, enfrente del mar y del atardecer que valía mucho la pena, sobretodo por su ubicación imerjorable..! Pero si duda la mejor experiencia yoguíca fue seguir el rastro de unos carteles colgados en una palmera y conocer a su responsable. Una Alemana que quería empezar un grupo de creación a través de la danza, la meditación y los movimientos de Gurdjieff, cada atardecer en la playa. Nadie más se apuntó y acabamos ella y yo haciendo performances en la arena. Genial.

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